Tengo la sensación de que mi cuerpo pasó por miel, de que se me salió la caparazón de tortugo viejo y todo porque ayer compartí. Me liberé en un acto impunemente libre, dejé los barrotes de mi estructura y me dejé ser durante una mañana. Saqué la mirada sobre mis espaldas y entonces se produjo la magia: la incluí sobre todo mi cuerpo pudiendo jugarla, estirarla y dosificarla.
Me arriesgué a jugar dentro de ese mundo y entendí que me aceptaban.
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